A Toño lo conoce todo Mompox y a sus 73 años sigue trabajando la filigrana igualito que de joven cuando relevó a su papá en el oficio que aún hoy sigue sosteniendo a la familia. Dice que la técnica no ha cambiado, no más que el material. En su juventud se trabajaba con oro pero su creciente costo hizo que se optara por la plata, aunque entonces la filigrana en Mompox no eran tan conocida ni los joyeros tan numerosos.

Se acerca la apetecida hora del almuerzo y detrás de mí hay un palo de mango que exhibe una enorme sombra bajo la cual antoja recostarse. Pero Toño quizá no se fije en la hora porque no cumple horario, su taller queda en el patio de su casa y es quizás uno de los últimos talleres tradicionales de filigrana que hay en Mompox. «Los talleres tradicionales ya se han ido acabando», me dice, «los viejos se van muriendo y entonces… Pues son los nuevos, ¿me entiende?».

El maestro Toño empezó a trabajar la filigrana a los 23 años y hoy, 50 años despúes, comparte su conocimiento con los jóvenes. En el mismo patio un par de estudiantes de la Escuela Taller pulen las piezas de filigrana que han estado elaborando bajo la asesoría del maestro, que a su vez trabaja en lo suyo. Él me muestra el delicado arete de filigrana que está elaborando; una imitación de un modelo antiguo. Cuando le pregunto que a dónde va a vender los aretes me responde sin dudarlo: «Hay vitrinas», ansioso por continuar su labor. 

Y yo me pongo a pensar y sí, hay muchas vitrinas en Mompox. En toda la Calle del Medio las hay. Algunas tienen sus propias marcas, sus propios talleres. La marca colectiva Filigrana de Mompox es un ejemplo. Pero hay otras, muchísimas vitrinas.

Vitrinas con joyas anónimas.

¿Cuantos como Toño tendrán sus piezas allí?

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